—Bioy —llamé y no obtuve ninguna respuesta.
Este año leímos para chicas y chicos de tercer año, es decir: que tienen 14 y 15 de edad, su novela «La invención de Morel».
En las discusiones previas con la profe, estuvimos de acuerdo en que la aventura iba a ser —por lo menos— exigente. Muy exigente. No tanto para las chicas y los chicos, si no para nosotros... ¿Qué queríamos conseguir? Nos hamacamos desde el «¿A quién se le ocurre?» hasta el «¡Qué locura!» pasando varias veces por el «es fascinante» y terminando en «Hicimos lo que pudimos».
¿Qué pudimos hacer? Aparentemente poquísimo. Pero si escribo esta crónica es porque pienso que vale la pena decir que las apariencias engañan. Lo primero y lo último que pudimos hacer fue leerles un texto que tenía muy serias probabilidades de que no fuera a ser conocido por ellos a lo largo de toda su vida. Año de publicación: 1940. No es solamente otro siglo: es otro universo.
La idea de que un fugitivo se esconda en una isla, es muy poderosa. Pero resulta prácticamente inaccesible o sencillamente intrascendente para las chicas y chicos de esas edades. ¿O no?
Pensé mucho sobre este problema de la accesibilidad y la comprensión y la comunicación humana. Llegué a una conclusión que fue tomando cuerpo de a poco y ahora la pienso como un punto de partida, una tesis.