Si consideramos a la lectura como puerta, entonces la lectura es inevitable. El estado de menor energía es la lectura de la puerta cerrada. Es importante no confundir este estado con la no-lectura. Es imposible no leer. El esfuerzo que se haga en señalar que el mundo entra en cada persona incluso cuando se apoyan de espaldas contra la puerta no es vano. Es necesario.
Lo primero que tenemos que hacer es aceptar esta realidad como una ley física. El encuentro con el texto es el encuentro con el mundo. El texto o el mundo, por supuesto, no solo están compuestos de signos gráficos. Todo significa. Así, cuando percibimos un olor, hay algo del mundo que entra en nosotros. Lo estamos leyendo, incluso a pesar de que el olor no puede verse.
El mundo entra en nosotros incluso sin que lo sepamos. Hongos, bacterias, virus y otras criaturas microscópicas, temores aparentemente infundados, sorpresas, alegrías o penas repentinas. Nada pide permiso para que lo leamos. Leemos a pesar de.
El mundo compite por ser leído y nuestra defensa es la atención. Si un estímulo es muy costoso, por la razón que sea, el cuerpo y no el individuo, el cuerpo autónomamente lo desprecia. Pero no lo cancela, si lograra reunirse con otros de modo que su costo sea más asequible, entonces, lo procesaríamos.
Esas chicas y chicos con los brazos cruzados no tienen agencia, están defendiéndose de un gasto energético que su cuerpo considera impagable.
¿Qué podemos hacer?