En uno de los estantes de la biblioteca, se puede ver un libro en cuya portada aparece la cara de un Einstein macilento, con una expresión adusta.
—¿Quién va a querer leerte? —le digo al libro... menos mal que nadie me ve o me escucha.
Tengo la fantasía de imprimir la foto del Einstein sacando la lengua, muy conocida y ponerla en su lugar. Tal vez alguna de las chicas o de los chicos lo alzaría del estante al menos.
Estaba por decirle al Einstein de papel que cambie la cara, cuando entró alguien por la puerta. Era la vice y me avisó que venía un curso. Me pareció que era una señal: tercer año. Tenía que hablar de ciencia, pero no pensé en Einstein, porque incluso a mí me parece imposible hablar de él sin que en puerta de la biblioteca tenga de pronto esa apariencia de cosa aburrida pero importante.
Igual llegan, se sientan alrededor de las mesas. Les pregunto si se dieron cuenta de la forma en la que se habían sentado. Yo soy cuidadoso, pero uno dice:
—Acá, en la mesa, ¡dónde si no!
—No es buena idea sentarse en la mesa —me arrepiento y digo— estoy convencido de que estás sentado en una silla.
Se ríen. El hielo se rompe. Momento de llamar al Almirante Irizar.
—Tengo una pregunta para hacerles, pero no quiero una respuesta rápida, quiero que lo piensen un poco antes de responder ¿qué les parece?
—Bien —me responde una de las chicas.
—¿Qué año de su vida están viviendo ahora? —el pasto del murmullo crece y dejo que crezca. Tal vez algún trébol aparezca.
—¿2025...? —dice uno y termina transformando los puntos suspensivos en una pregunta.
—Para tener ya más de dos mil años, no estás para nada arrugado —le digo.
Mi ego dice que no se ríen porque están pensando, no porque el chiste es inaccesible para mi audiencia.
—Pensémoslo un poquito más, tomen dos minutos enteros para pensar —propongo mientras le pido a Google que inicie una cuenta regresiva. A muchos no les importa y empiezan a hablar de lo que van a hacer a la salida de la escuela.
—Si ahora están hablando de después, después no podrán decir nada de lo que pensaron ahora —no les importó, tal vez ni me escucharon. Cuando termina la cuenta regresiva y suena la alarma, una de las chicas hace el gesto arcaico de levantar la mano para decir que piensa que tiene 14 años.
—Muy bien —entonces, ¿qué año de tu vida estás viviendo? —se me queda viendo como si fuera un fantasma... o como si le estuviera tomando el pelo; entonces le pregunto —¿cuántos años tenías el día que naciste?
El cerebro le daba vueltas como un lápiz en el sacapuntas, hasta que se rompió la punta.
—No, no... —frenó en seco y luego —eh... no tenía años....
—Tenía meses —interrumpió otro.
—El día que nació no podría tener ya meses —insistí. Es muy difícil que al trébol que no tiene hojas le digamos trébol con ninguna hoja y casi sin esfuerzo diríamos: trébol sin hojas.
—Ninguno —dijo una de las chicas.
—¿Cómo le podemos traducir eso a la profe de matemáticas? —dije yo y aposté.
—No, matemáticas no, por favor... —dijo uno y perdí.
—¿Con qué número podemos decir "ninguno"? —redoblé la apuesta.
—Cero —una pequeña victoria.