Nuestra lengua permite que una puerta sirva tanto para entrar como para salir. No es extraño encontrar advertencias que fuerzan una de las dos funciones: puerta de acceso o de entrada o de salida. En realidad para que esto funcione, implícitamente estamos aceptando desde siempre, que la puerta es ya paisaje, tanto del adentro como del afuera y no, una oclusión.
El hecho de salir al mundo, es leído por el mundo en forma casi instantánea. No se puede salir al mundo sin dejar un rastro y ese rastro, es la escritura. Un paso, una huella. Detenerse, la inercia.
Cuando las chicas y los chicos cierran la puerta a la lectura, escriben. Es una reacción completamente esperable durante la niñez y la adolescencia: hacer para dejar marca incluso sino sé qué marca estoy dejando.
La escritura te hace mundo y por lo tanto lectura para los demás.
Y está presente esta sensación de definición que nos confunde y nos hace época. Es decir, la idea de que lo escrito perdura no voy a discutirla, lo que sí voy a discutir es la noción de permanencia inalterable. Un primer estado de rechazo no impide un segundo estado de apertura.
El mundo se lee de golpe, todo junto. Fisiológicamente el cerebro no sabe de dónde viene un estímulo, para él es simplemente una señal electroquímica (si fue captado por la vista o por el oído, no tiene forma de saberlo) y por eso, vemos —por ejemplo— el movimiento en una secuencia de imágenes fijas. Eso, el movimiento, no está, no entra en nosotros. No lo leemos, lo escribimos y consecuentemente, lo leemos.
De la misma manera ocurre con la escritura, la acción es yuxtapuesta y a veces puede ser perfectamente contradictoria.