Lo más sencillo es hacer notar el caracter transaccional de la oralidad. Si rastreamos en nuestra lengua la razón por la que usamos la misma palabra para contar números que para contar historias, tenemos una ventaja que no tienen en otras lenguas.
La primera escritura del mundo fue una escritura contable: había que saber cuántas vacas o cuántos barriles de aceite. Esa escritura fue la evolución de algo que podría entenderse como estupidez o serendipia.
Todo empezó con el agua, con el río, con la arcilla, con las manos juntándola porque era agradable, casi como un juego, porque era conveniente. Las manos amasan la arcilla y hacen una bolita, naturalmente. Luego, se dan cuenta de que si pasa tiempo, la bolita blanda se hace piedra dura. Y entonces, por qué no guardar cosas en esa dureza. Piedritas, que con distintas formas se meten en la bullae para representar una vaca, dos vacas, tres vacas.
Si se muere una vaca hay que romper las bolas y sacar una piedrita, leer cuántas había y escribir una versión más precisa.
Un día, se atrasaron o la piedrita que representaba a la vaca era más grande y no la pudieron meter en la bolita, y con la piedrita asomando, la arcilla se secó. ¿Qué pasó? La piedrita se cayó y el hueco que dejó en la arcilla fue la semilla de la escritura cuneiforme.
La voz no se seca, fluye. Y la lectura se produce en el momento preciso de la escucha. Una persona que dice, es leída, pero antes de terminar incluso una palabra o un sonido, puede arrepentirse, cambiar tercios y buscar otras estrategias. Mientras habla, escribe; mientras se escucha, se lee a sí mismo y va controlando lo que escribe para que signifique lo que quiere, sin darse cuenta completa de que para el otro, la ecuación es siempre diferente.
Emisión, edición, publicación, lectura, escritura, arrepentimiento, censura: todo en simultáneo y en potencia. Lo que todavía no se dijo, lo que todavía no se escuchó también son la oralidad. La lectura y la escritura son el colapso de la función de onda.