—Hoy vienen chicos y chicas de sexto grado de la primaria de nuevo —le dije a Borges. No estoy seguro de que le gusten mucho las criaturas. Cuando terminé de contarle lo que iba a hacer me miró con una dosis de sorpresa en la mirada o tal vez era resignación y pensaba que era una tontería. Eso, o directamente pensó que estaba loco. Con esa actitud, mejor que se vaya, el pensamiento se escapó antes de que pudiera frenarlo.
Borges siempre está, tiene que estar. Él y los miles que están con él también me acompañan cada día en esta aventura. A algunos no los conozco todavía, a otros no los entiendo, pero puedo intentar hablar con todos. Algunas veces me responden.
Las chicas y chicos que nunca habían visitado la biblioteca entraron con timidez. ¿Cómo podía saberlo si nunca los había visto antes? No lo sabía. Era un prejuicio.
Se sentaron alrededor de las mesas y sin preguntarles nada, empecé.
—¿Podrían decirme qué es lo que ven acá? —les mostraba una hoja en la que frente a ellos había escrito la palabra «tiburón».
—Una hoja —señaló uno de los chicos.
—Una palabra, escrita —observó una chica con lentes gruesos, aguzó la vista y completó, casi separando en sílabas— ti-buuu-roón; tiburón.
—¿Cómo es el tiburón? —le pregunté— ¿llegás a verlo bien?
—No ve muy bien —aclaró la seño, tal vez avergonzada por esa lectura entrecortada.
—Ustedes ¿qué piensan? —les pregunté a dos que estaban medio distraídos— cómo es el tiburón, ¿grande o chiquito?
—Son re grandes profe, mi tío sacó uno de veinte kilos en el concurso de la corvina.
—¿Veinte kilos es muy grande? —volví sobre el tamaño.
—Nada que ver, profe, pesan como 500 kilos.
—Pero es una hoja, nene, ¿no ves? —recordó una chica.
—Menos mal —respondí— qué fuerza tenía el bibliotecario que era capaz de sostener 500 kilos con cuatro dedos. Pero, sigamos pensando en el tiburón ¿tiene la boca abierta o cerrada?
—¡Abierta!
—¡Cerrada!
—¡Son letras, nada más! —protestó alguien.
—Habían dicho hoja, papel, palabra, pero nadie había dicho letras hasta ahora —bajé el cartel y le pregunté— ¿cuántas consonantes hay en la palabra tiburón? ¿y vocales? ¿y en total?
—Cuatro.
—Tres.
—Siete.
—Y ojos, ¿cuántos tiene? —puse la carnada.
—Dos.
—¿Se pueden imaginar un tiburón con cuatro ojos? —tiré el anzuelo.
—Sí —dijo uno tímidamente.
—¿Con dos colas? —agité la línea...
—Sí —dijo el mismo, con un poco más de confianza.
—Si ahora les muestro el cartel y les pido que mientras miran la palabra tiburón escrita acá vean un tiburón con cuatro ojos o con dos colas o que tenga solamente siete dientes, ¿pueden hacerlo?
Sentí que habían picado y entonces recogí la línea.
—Cuando les pregunté qué era lo que veían acá, algunos me dijeron que veían un papel, con algo escrito, con letras dijo ella, algunos pudieron ver un tiburón con la boca abierta, otros con la boca cerrada, la mayoría pudo ver un tiburón con cuatro ojos o con dos colas. Pero nadie, ninguno de ustedes dijo que podía verme a mí, que soy mucho más grande que este tiburón. Nadie dijo que veía mis dedos, que están adelante del papel.
—Vos preguntaste... —empezó a protestar uno.
—Y no es que ustedes se hayan equivocado, no, ¡no! Eligieron ignorar la realidad para construir la ficción —lo interrumpí y continué— vieron lo que querían o lo que podían. Algunos vieron lo mismo y otros cosas diferentes, algunas personas no dijeron nada a pesar de haber visto algo y otros dijeron cosas que no habían visto. No hay acá ningún tiburón, sin embargo esta palabra, hecha con siete letras todas distintas entre sí, puede traer sin esfuerzo a la mente de cada uno de nosotros la imagen de un tiburón ¿o no?
El murmullo creció como una ola.
—Entonces —insistí— ¿quién decide si lo que ven es una letra o un papel o un tiburón? ¿quién decide si el tiburón tiene carne ensangrentada entre los dientes o si el tiburón que ve, es una foto de un tiburón o un video?
—Nosotros.
—Cada uno —corrigió una de las chicas.
—Ahora les pregunto algo para que piensen antes de responder. ¿Esta palabra representa a todos los tiburones posibles, a un tiburón cualquiera o a ningún tiburón?
Quedaron medio aturdidos, me dí cuenta. Entonces les dije que no se estresaran.
—Si yo digo la palabra comilón... ¿qué significa? —y enseguida, antes de ninguna respuesta— en un partido de fútbol, por ejemplo, ¿qué significa?
—Alguien que no hace los pases —dijo uno mientras tiraba un centro.
—¿Y en una mesa en la que se sirve comida o en un restaurante?
—Uno que se morfa todo —bajó la pelota con el pecho.
—Alguien que no sabe qué es el fútbol o quién es Messi...
—Es un extraterrestre, profe —el chico la clavó en el ángulo. Un golazo, todos nos reímos un buen rato.
—Un extranjero que habla otro idioma, ¿qué significa comilón para él o para ella?
—Nada.
—De alguna manera, a cada persona le resuena un significado particular, propio, tal vez único para la palabra que está escrita y que acaba de leer. Leer es un acto de creación y no de reproducción. Tal vez por este lío, es que en la escuela dedicamos muchas horas a practicar el lenguaje. Hay que aprender a ser libres.