A la semana siguiente volvieron a venir. Estaban entusiasmados con la idea de seguir la conversación que les parecía que habíamos abandonado la última vez.
—Hoy tengo ganas, profe —dijo ella.
¡Qué compromiso! pensé y después escuché:
—La última vez dijiste que ibas a decir algo que no me iba a gustar.
Sonreí. Ella se acordaba de algo, algo que le iba a molestar nunca había ocurrido y no supe darme cuenta si eso era un desafío en el que ella iba a probarse a sí misma que podía con lo que sea o si me probaba a mí, a ver qué podía decir ahora que justificara mi advertencia.
Los demás parecían distraídos, pero eran solo apariencias.
—No sé si se acuerdan —¡qué coraje!— que habíamos estado hablando de la velocidad de la luz y de las constelaciones y de los signos del zodíaco.
—Le pregunté a mi mamá y me dijo que era de Leo —le conocí la voz a uno de los chicos, tal vez, el más callado de todos. Era la primera vez que lo escuchaba.
—¿Quién quiere preguntarle a Google a qué distancia queda la estrella más brillante de la constelación de Leo? —aticé el chisperío evidente.
Vivimos en una época llena de maravillas. ¡Si Hipatia o el propio Leonardo hubieran tenido la Web a su disposición! ¡Qué fascinante pensarlo! Igual no dije nada al respecto.
—77,3 años luz —dijo el de la voz desconocida.
—Eso significa, que Regulus podría apagarse hoy y nos enteraríamos dentro de 77 años, aproximadamente —esperé para que el té de la información tiñera el agua hirviente de la atención y seguí— pero... ¿qué pasaría si se hubiera apagado hace 50 años?.
—Nos enteraríamos dentro de 27 años —contestó ella y su respuesta parecía ese árbol que no deja ver el bosque, así que lo talé:
—Eso significa —usé su respuesta como hacha— que tardaríamos todavía 27 años en darnos cuenta de que no existe más Regulus, es decir: que seguimos viendo en el cielo algo que no está ahí.
Enfaticé cada palabra y el murmullo parecía un rezo. Algunos discutían entre ellos.
—¿Alguien quiere preguntarle a Google a qué distancia queda la estrella más cercana de la constelación de Leo? —la pregunta era ese soplido que por un momento apaga las llamas nacientes entre las brasas antes de que el oxígeno se reponga de la barrida y vuelva a arder con más fuerza todavía.
—Ad Leonis, a 15,94 años luz —respondió el mismo chico, sin dudas el más rápido buscando en la Web.
—16 años luz, para redondear —caminaba lentamente alrededor de las mesas— ¿Querés preguntarle a Google qué distancia hay entre Regulus y Ad Leonis?
—Entre 60 y 70 años luz. Dice además que la distancia cambia debido a las órbitas de las dos estrellas, a veces están más cerca y a veces están más lejos —respondió el que ahora ya se había ganado para mí el apodo del Billy The Kid de las búsquedas en Google.
—No perdamos de vista que diez años luz son diez años viajando a la velocidad de la luz... ¿están cerca esas estrellas entre sí?
—Re lejos, profe, lejísimos —dijo otro chico.
—Si en una mano, falta un dedo —hice aparecer esta idea de la nada— ¿sigue siendo una mano?
—¡Obvio! —elevar el tono de voz, era la forma que tenían de apurarse en las respuestas.
—¿Es lo mismo el Inter de Miami con Leo Messi que sin él? —el truco de la sorpresa dos veces confunde, se quedaron esperando a ver qué tenían que ver el hambre con la rodilla.
—Si se hubiera apagado Regulus, la estrella más brillante de la constelación de Leo, hace 50 años ¿seguiría existiendo la constelación de Leo? —no quería darles respuestas— Si Regulus y Ad Leonis se mueven en órbitas que a veces las alejan y a veces las acercan, ¿pasará lo mismo con las otras estrellas? Si la constelación de Leo no fuese ya la constelación de Leo porque le falta su estrella más brillante, ¿qué pasaría con las personas que nacieron entre el 23 de julio y el 22 de agosto de los últimos 50 años? ¿Seguirían siendo de Leo?
Esta vez el silencio estaba batiendo la sorpresa a punto de incredulidad y en el horno de la paciencia ya se cocían las primeras indignaciones. Ya jugado del todo concluí:
—Si las estrellas de Leo se están moviendo, ¿Qué posibilidades hay de que estén verdaderamente donde parecen estar? ¿Si la constelación de Leo en sí misma, no está donde la vemos, cómo podemos decir que el Sol está en la constelación de Leo?
—¿O sea que los signos no existen? —preguntó ella y sin esperar a que yo abriera la boca, concluyó— ¡Qué pavada más grande!
Estaba terriblemente enojada.